La Lucha Armada contra el Imperialismo [Parte 2]

LA ORGANIZACIÓN DE LAS CAMPAÑAS

Cuando el Ejército Revolucionario comienza a organizarse, su debilidad de fuerzas, de fuego y de preparación teórica y práctica le obligan, necesariamente a realizar sistemáticamente, operaciones defensivas combinadas, a menudo con “acciones ofensivas de tipo avispa”: 10 contra 1, cuando el enemigo posee estratégicamente 10 divisiones contra 1 propia.

Mientras el enemigo sea más fuerte tácticamente, el Ejército Revolucionario debe procurar, por todos los medios, ser superior estratégicamente, a fin de que la correlación de fuerzas en presencia pueda ser modificada favorablemente recurriendo a “la táctica de atacar 10 contra 1”.
Sólo así la batalla será ganada en virtud de una dialéctica de la guerra que no deja al azar -como lo hacían los viejos generales-, los problemas claves de la guerra, que deben ser conocidos, racionalmente, y no dejarlos a merced de improvisaciones de los tácticos y estratégicos empíricos que no saben utilizar el material humano, el terreno y el material de guerra.
Sólo un Ejército Revolucionario puede emplear alternativamente la táctica de “ataque de avispa”, seguidos de retiradas fulminantes, antes de que el grueso de las tropas enemigas venga a restablecer el equilibrio de fuerzas y de fuego roto por las operaciones guerrilleras basadas, principalmente, en el factor sorpresa y en la superioridad de material humano sobre un sólo sector y no en todo el frente.
Al constituirse un EPL, los jefes políticos y militares que lo manden, han de tener presente, para su doctrina militar, los siguientes preceptos tácticos y estratégicos:
1º Hay que estar siempre preparado, a fin de que el enemigo no consiga realizar nunca operaciones de cerco, que copen el grueso de las fuerzas propias, pues si ello ocurriese, el EPL puede ser aniquilado o reducido, durante mucho tiempo, a la pasividad que es la antesala de la derrota, o que aleja las perspectivas de la victoria.
2º Debe tenerse un especial tacto y oportunidad para detener una ofensiva enemiga, habiendo estudiado para ellos, previamente, todos los elementos tácticos, estratégicos y logísticos que plantee una contra-ofensiva.
3º En las retiradas hay que predeterminar, minuciosamente, la línea más favorable de repliegue y preparar, a tiempo, la movilización política de las zonas de retirada, a fin de que cuenten los soldados propios con la asistencia de la población civil en lo económico, lo militar y lo político. A tal propósito, hay que dejar numerosos guerrilleros, camuflados como campesinos en la retaguardia enemiga, para hostigar al adversario, lograr información y levantar la moral revolucionaria en territorio enemigo.
4º Debe evitarse que el enemigo desencadene su ofensiva, cuando se inicia la propia. Por tanto, el día (D) y la hora (H) de una operación constituyen uno de los problemas claves de resolver para la mejor consecución del triunfo.
5º El Servicio de Información en Campo Enemigo tiene que hacer detallados informes de la situación del adversario: (estado de opinión política, situación financiera, situación militar, etc.) No deben exagerarse los defectos del enemigo ni sus debilidades, limitándose a destacar las contradicciones en el seno de los cuadros de mando y entre las clases opuestas en la retaguardia. Tampoco han de hiperbolizarse las derrotas del adversario, pues ello hace cosechar falsas ilusiones y darse una moral alegre y confiada que puede ser funesta.
6º Al atacar, es preciso hacerlo más bien pronto que tarde; pues hay más probabilidades de triunfo en el primer caso que en el segundo, porque así se asegura el factor sorpresa que tiene suma importancia en la psicología de la guerra.
7º Las operaciones ofensivas del EPL nunca deben desplazarse hacía zonas políticas y económicas no favorables a los ideales del movimiento de liberación antiimperialista, antifeudal y anticapitalista.
8º En toda operación, ofensiva o defensiva, hay que tener previamente resuelto los problemas de abastecimiento y los de carácter financiero y la política de policía sobre los elementos sospechosos del campo propio que pudieran, no vigilados o detenidos, convertirse en una “quinta columna” peligrosísima.
9º Una de las condiciones primordiales de la victoria reside esencialmente en poder siempre escoger el terreno conveniente para dar la batalla, terreno que ha de prestarse al auto-abastecimiento y al entrenamiento de las tropas, a fin de entrar en batalla en buenas condiciones morales y materiales.
10º Para evitar una campaña de cerco es necesario movilizar políticamente a la población civil en las zonas donde opere el EPL; pues así se logra estar bien informado sobre los puntos débiles del cerco, que podrá ser roto por su eslabón más flojo. Se debe preparar a la población políticamente para que coopere en la lucha armada por la defensa de sus conquistas sociales y económicas y de su territorio. Para ello, la población civil ha de estar bien informada sobre la gravedad de la situación, salvo en lo que respecte a secretos de alto valor militar. Esta tarea se realiza fácilmente, cuando se ganan, diariamente, nuevos cuadros de adeptos a la causa de Liberación.
11º Un EPL – que realiza una guerra político-militar-, tiene que desarrollarse en dos direcciones: una política, que tiende a ganar la simpatía y la ayuda de la población civil, y otra, militar, que permite reponer y ampliar el material y los hombres perdidos en acciones de guerra. A este respecto, las cuestiones financieras y la economía de guerra son tan decisivas en la balanza de la victoria, como la estrategia y la táctica de un competente Estado Mayor.
12º En la política de guerra la propaganda no debe ocultar la verdad, siempre que ello no produzca el pánico; hay que hacer una política de guerra que despierte el entusiasmo; porque el entusiasmo, en política, es la mayor fuerza para alcanzar el triunfo, hay, pues, que crear un sano y firme entusiasmo, sin que éste tome contornos de falsas ilusiones sobre los triunfos y las victorias del EPL.
13º En cuanto a los sectores de población neutra, sospechosa o peligrosa, hay que proceder por gradación: inmovilizando a las personas peligrosas y vigilando de cerca a los sospechosos y neutros. Esta tarea debe ser encomendada al pueblo y no al ejército; pues el pueblo conoce a sus enemigos y se engaña menos que los policías.
La doctrina de la guerra revolucionaria tiene que inspirarse en una filosofía política que deseche la táctica y la estrategia vulgares, que exageran los triunfos propios y las derrotas del enemigo. Hay que practicar una política que no se deje nunca seducir por los triunfos fáciles y por informaciones del enemigo poco seguras o fidedignas. Todo jefe militar tiene que reflexionar, concienzudamente, sobre su propia situación y la del enemigo; pues de esa interacción dependerá su éxito o su fracaso en una operación ofensiva o defensiva, en el curso de una campaña.
Un EM avezado en los problemas de la estrategia y la política global de guerra, no debe realizar planes que se contradigan con la realidad militar. Por tanto, éstos han de ser cambiados, radicalmente, en cuanto ellos comiencen a ser contradictorios. En la resolución de las contradicciones militares reside el secreto de la dialéctica de la guerra. Tal es la esencia de la estrategia; tal es la base del conocimiento de las leyes que gobiernan la guerra y que constituyen los principios de la estrategia moderna para la conducción de las guerra de emancipación nacional y social.
Un jefe militar y su EM tiene que conocer todos los detalles que puedan influir en el éxito de una operación: conocimiento de las tropas propias y del enemigo, clase y cantidad de armamento militar, características topográficas del terreno, clima, relieve y táctica habitual de los jefes enemigos que están, inmediatamente enfrente, en la línea de fuego.
En una guerra popular, hay que interesar al pueblo con ella; puesto que esa guerra acabará con el capitalismo, con los grandes terratenientes y los grupos capitalistas reaccionarios que impiden el desarrollo nacional y la industrialización acelerada de un país semi-colonial o colonial. Para hacer la guerra del pueblo, los cuadros políticos tienen que trabajar intensamente en la retaguardia, que es la base económica de lso éxitos de vanguardia. Hay, por tanto, que presentar el EPL como un dechado de heroísmo, como el arma de la justicia, como un ejército de liberación que acabará con los traidores de dentro y con el imperialismo apoyado interiormente en el capitalismo reaccionario y en los grandes señores que poseen la tierra en forma de feudos. Hay que decir al pueblo que el gran enemigo de la guerra de liberación, no es sólo el imperialismo, sino más aún la gran burguesía y lo grandes terratenientes que se vinculan al capitalismo foráneo a través de un comercio ruinoso para la economía nacional, comercio que sólo enriquece al capitalismo de los “trust” internacionales y a sus servidores en el seno de las burguesías y de las aristocracias indígenas vendidas al imperialismo.
La “estrategia del pueblo en armas” implica una política revolucionaria en el campo (revolución agrícola) y en la ciudad (revolución industrial), lo que supone expropiar a los terratenientes en el campo y a los tiburones de la industria y de las finanzas en las ciudades al grito de: “las fábricas para los obreros y las tierras para los campesinos”. La estrategia del pueblo en armas es invencible frente a los ejércitos reaccionarios que apoyan al imperialismo y ante las fuerzas militares del propio imperialismo en tierra propia.
Bajo la protección del pueblo en armas, el EPL puede aguantar una época contra-revolucionaria -replegado transitoriamente en determinadas regiones-, con la firme esperanza de alcanzar la victoria para mejor época. Así, China pudo replegarse sobre el Yunan, cuando Japón, Alemania e Italia habían creado una época internacional contra-revolucionaria a través de la política del Éje Berlín-Roma-Tokio. Cuando éste se quebró, los chinos volvieron al ataque, y de un ejército diminuto hicieron el Ejército Rojo de la Revolución que venció a Chiang-Kai-Chek, a pesar de las armas y de la ayuda económica que le prodigaba el Pentágono. Cuando un pueblo se coloca, sinceramente detrás de su gobierno y de su Ejército, puede resistir los embates del imperialismo. En este sentido, la diminuta Corea es un ejemplo de heroísmo y de excelente política antiimperialista frente al poderío financiero y militar de Wall Street y del Pentágono.
Un ejército, que tenga una buena política de revolución agraria, nutre sus filas de soldados campesinos que son los más resistentes y de mayor rendimiento moral y físico en la guerra de guerrillas; soldados éstos que deben tener la firme convicción de que se están batiendo por sus intereses: El derecho a la tierra que no quiere conceder el enemigo.
Hay que crear una base de Alianza Obrera y Campesina permanente contra el Feudalismo, el Capitalismo y el Imperialismo, haciendo así que las contradicciones sociales actúen contra estos grupos; y que desaparezcan, en la lucha, las contradicciones existentes entre los obreros, los campesinos, los intelectuales y la clase media.
En principio, el EPL no tiene poderío mientras que el enemigo lo es todo; el ejército propio está constituido al formarse por un puñado de hombre, por unos destacamentos que no tienen ni uniforme de soldados ni armas tan poderosas como el enemigo; pero ese ejército -que es inicialmente unas pocas unidades-, crecerá, luego numéricamente, si es justa su política con los campesinos, los obreros y las clases medias; si su política plantea, acertadamente, la revolución nacional de tipo democrático, en la etapa de lucha contra el imperialismo y la aristocracia de la tierra, o de la revolución socialista en los países industrializados.
Cuando surge el ejército revolucionario, hay que economizar, usurariamente, las tropas; hay que conservar intactas las fuerzas propias para utilizarlas con ventaja, a fin de conseguir armas y abastecimientos de los que se carece y que los tiene el enemigo; pero que perderá parte de ellas en operaciones propias de ventaja. La estrategia estriba, entonces, en conservar la moral y evitar los errores. Al principio, hay que emplear la ofensiva estratégica (superioridad táctica) y la defensiva-activa (que es otra forma de ofensiva), a fin de desgastar moral y materialmente al enemigo, al par que las tropas propias se amplían así con el botín conquistado al enemigo: armas pesadas y ligeras y abastecimientos para-militares.
Un ejército revolucionario no debe temer el resultado psicológico de operaciones basadas en planes de estrategia elástica. Las grandes potencias imperialistas son siempre partidarias de la ofensiva continuada, porque, cuando experimentan un gran revés, el pueblo, que no está políticamente con sus gobiernos se subleva en las derrotas: 1905 en Rusia. En cambio, el ejército revolucionario puede operar, defensivamente, sin que su moral y sus adeptos disminuyan al ceder una cantidad de terreno al enemigo que obligue a éste a cansarse y entrar en tierra hostil.
Por tanto, durante la etapa de guerra guerrillera, el EPL, ha de tener presente, en su doctrina militar, estos preceptos:
1º No transformar la guerra guerrillera en guerra nacional de frentes continuos hasta que el enemigo no esté debilitado.
2º Para pasar a las grandes batallas, primero hay que superar la etapa de las contra-campañas de cercos enemigo. En esta etapa todo cerco roto es una victoria táctica y estratégica que pesará, en lo futuro, en la última batalla que ya comienza a ser ganada en las primeras.
3º No deben los jefes militares ni el pueblo, hablar de victorias mientras no se rompan cercos enemigos tendidos a los ejércitos guerrilleros descentralizados. La victoria estratégica no se logra, si un cerco es estrechado hasta el aniquilamiento de las tropas propias.
4º En las campañas de aniquilamiento, enemigo se empeña en brutales ofensivas que deben ser contestadas con retiradas elásticas que en cierto momento y en terreno apropiado se transformen en ofensivas, cuando el adversario esté extenuado. Así, pues, cuando enemigo ataque, uno debe defenderse y cuando él se defienda hay que atacarlo. Tal es el eterno proceso de la guerra como resultado de la interacción de dos fuerzas contrarias que se penetran e interdependen dialécticamente y que, finalmente, una de las dos se transforma en su contraria por la victoria.
5º Dialécticamente, el cerco y la contra-campaña que le debe seguir, constituyen las formas contradictorias de un todo, en que una de las partes se desarrolla a expensas de la otra.
6º Para un buen estratego toda batalla difiere de otra, porque la guerra es un proceso cuantitativo que, en cierto momento, se transforma cualitativamente, cuando uno de los dos adversarios ha perdido cuantitativamente la partida. Vigilar ese proceso cuantitativo y cualitativo de la guerra constituye la esencia de la estrategia, de la filosofía y de la dialéctica de la guerra.
7º Debe evitarse que un enemigo poderoso pueda enfrentar a las tropas propias en una sola batalla; pues el triunfo del más débil, en principio, reside en que su aniquilamiento sea imposible por un enemigo, inicialmente más fuerte.
8º No hay que darle importancia al terreno: se puede avanzar y retroceder, pues para ganar hay primero que dar. Retirarse o avanzar, sólo tiene significación en el conjunto de los objetivos esenciales de guerra y de operaciones. Así puede transformarse indistintamente la ofensiva en defensiva y la defensiva en ofensiva. Tal es la nueva estrategia de las guerra revolucionarias.
9º La retirada es siempre necesaria cuando un enemigo fuerte impone sus decisiones. La gran marcha es conveniente entonces hacía posiciones más seguras; particularmente cuando se opera en zonas no ganadas aun políticamente, o cuando el imperialismo y sus secuaces poseen la fuerza militar más poderosa.
10º Ante una política militar de cercos repetidos no cabe defensiva sistemática, sino alternada con “ofensivas avispa” en los puntos vulnerables del enemigo que deben ser sometidos a frecuentes “operaciones golondrina”4.
11º El Ejército Revolucionario parte de la anda para convertirse en la fuerza militar más potente. Cuando acabe la etapa guerrillera vendrán los uniformes, habrá un Estado, una economía segura, una industria y un poderío demográfico cada vez mayores. Por eso, toda revolución tiene sus períodos de defensa y de ataque; la victoria exige que éstos no sean confundidos. Así, pues, en principio, se retrocede para avanzar después, se defiende el ejército para atacar, se va en zig-zag para seguir la línea recta; se abarca poco para apretar luego mucho, se va despacio para llegar pronto.
Sin embargo, la retirada elástica nunca debe hacerse por temores infundados sobre el poderío del enemigo. Del mismo modo, no hay que tomar en consideración la política de los jefes militares, que envanecidos por una pequeña o gran victoria, ya quisieran seguir una ofensiva sistemática que podría consumir las fuerzas propias antes de tiempo, antes de la hora H en que la ofensiva será continuada, como consecuencia de que la correlación de fuerzas en presencia se favorable al Ejército Popular de Liberación.
En suma, para un Ejército Revolucionario el terreno no es un fin sino un medio para realizar una guerra maniobrera inspirada en una estrategia que el enemigo sea incapaz de practicar, porque la guerra de movimiento, de salto, de avance y de retirada rápida, sólo es posible cuando no se es un un general burgués que necesita un C.G., jefes de servicios de EM, teléfonos, muchas tropas material pesado, infinidad de medios de transporte, peluquería y concubinas y otras comodidades poco castrenses.

LA RETIRADA ESTRATÉGICA

En el curso de una guerra revolucionaria, hay que emplear una estrategia que prepare, paulatinamente, el cansancio progresivo y la fatiga extenuante del enemigo, a fin de atacarlo, cuando su moral esté quebrantada a causa del hambre, de las marchas, del sufrimiento, de sucesivas y pequeñas derrotas y de la aversión que sientan los soldados enemigos por sus jefes políticos y militares.
Napoleón fue vencido en Rusia, porque su ejército se estrelló contra el vacío (retirada elástica) hasta agotar la mayor parte de sus fuerzas morales y materiales. Luego fue atacado por los rusos en su retirada desordenada; y así éstos consiguieron éxitos militares decisivos que prepararon la derrota de Leipzig. Las guerrillas españolas fueron aniquiladoras para el ejército de Napoleón que operaba en el oeste. Ambos frentes -el ruso y el español- prepararon las batallas de Leipzig y de Waterloo.
La ofensiva sistemática -como guerra relámpago-, en cuanto la guerra se alarga demasiado conduce a la derrota. Los alemanes en 1914-18 y en 1939-45 cometieron el error de realizar una campaña ofensiva desesperada; en la primera guerra, tuvieron su Marne y su Verdun y en la segunda guerra su Stalingrado y Kursk-Bielgorod.
EN cambio, la retirada francesa hacia París, en 1914, modificó favorablemente la correlación de fuerzas en presencia a favor de los franceses, aunque eran militarmente más poderosos los alemanes. La estrategia defensiva gala permitió aniquilar el ala derecha del ejército alemán, en el Marne y en Verdun, y frenar así a todo el ejército germano en el frente Occidental.
La estrategia de “ofensiva avispa” permitió al general Hindenburg aplastar a los rusos en Tannenberg, cayendo sobre un ala del frente de éstos con superioridad de fuego y de fuerzas, lo cual obligó al EM ruso a frenar su ofensiva y a hundir todo su frente, en extensión y en profundidad. Los éxitos del mariscal Zhukov en la batalla de Moscú se basaron en lograr la superioridad de fuego y de fuerzas sobre el enemigo en un punto del frente. Así, pues cuando los alemanes fueron superiores tácticamente los soviéticos lo fueron estratégicamente, y viceversa.
Por lo tanto, mientras un ejército revolucionario no cuente con fuerzas y potencia de fuego igual a su enemigo, tiene que imponerse, rigurosamente, la práctica de normas que regulan la retirada estratégica:
Hay que incitar al enemigo a penetre en campo propio para aniquilarlo en terreno abonado políticamente y propicio geográficamente. Esta estrategia requiere un pleno dominio político de la región donde se realicen las operaciones. Los jefes militares del EPL deben tener absoluta confianza en su EM y en el Movimiento de Liberación; pues de lo contrario, podrían considerarse la retirada estratégica no resida en la pericia del mando para obtener escalonadamente el repliegue, sino en convencer políticamente a los militares leales en que “solo retrocediendo se conseguirá luego avanzar, dando un paso atrás para dar luego dos adelante”.
La retirada centrípeta debe converger sobre un punto determinado del territorio porpio. El Servicio de Información, continuamente, debe comunicar, desde campo enemigo, los datos logísticos, morales, psicológicos y la dirección de las columnas y, sobre todo, localizar las que presenten puntos débiles y cuenten con mucho material, abundante depósitos de intendencia y gran cantidad de armamento ligero.
Hay que evitar- a la defensiva- los fuertes golpes del enemigo y castigarlo -a la ofensiva- cuando se retire.
Hay que descubrir, en el EM enemigo, los errores tácticos y estratégicos que éste ha empleado sistemáticamente, a fin de estimularlo en sus operaciones desastrosas.
Al efectuar maniobras de dispersión, cuando el ataque principal vaya dirigido hacia el Este se debe comenzar por operaciones menores en el Oeste, a fin de desconcertar al enemigo.
Presionado por el enemigo, el ejército propio debe batirse en retirada hasta que aparezca una brecha del adversario, que siempre se produce y hay que saber aprovecharla y esperarla.
El EM político-militar, en cuanto a estrategia debe tener un especial tacto para fijar, geográfica y cronológicamente, la línea de retirada del EPL. A este respecto, hay que efectuar previamente, un intenso trabajo de fortificaciones para utilizar el terreno defensivamente. Ahora bien, si la ofensiva enemiga es violentísima y no resisten las fortificaciones -o ello obligase a trabarse en una batalla final de aniquilamiento- antes que comprometerse en ella, la retirada deberá continuar para modificar así la situación desfavorablemente. Luego se obligará al enemigo a entrar en combates aislados, donde comenzará a perder pequeñas batallas. No olvidemos que para avanzar hay, a menudo que retroceder. Aferrarse a la tierra .cuando no se es tan fuerte como el enemigo- conduce a jugarse estúpidamente el ejército en una sola batalla; y esta estrategia de desesperados es propia de gentes que no conocen la dialéctica de la guerra.
Para merecer la victoria es necesario prever oportunamente, el momento de la retirada y del avance; una ofensiva precipitada sacrifica vidas inútilmente y una retirada retardad produce siempre, muchas bajas e irreparables pérdidas. Por tanto, la ofensiva y la defensiva se emplean indistintamente, según las informaciones que se tengan del enemigo y según la situación propia.
Uno de los factores fundamentales para lograr la victoria -en la guerra defensiva- estriba en preparar políticamente a la población civil, a fin de que ésta tenga la convicción de que el enemigo va a entrar para salir después quebrantado y desmoralizado- Así -durante la penetración enemiga-, la población civil adepta se convierte en ejército guerrillero y en espia del Servicio de Información en Campo Enemigo del EPL. Ahora bien, para que el pueblo sienta la guerra de liberación, su guerra, la guerra del pueblo, hay que liberar a éste de los señores de la tierra; y a los obreros de los capitalistas que dominan la industria y el comercio en sociedad comanditaria con el capital financiero foráneo.
Sin política popular no hay Ejército de Liberación, ni posibilidades de derrotar al enemigo. No olvidemos, a est­e respecto que “la guerra es la continuidad de la política por otros medios” y que, para interesar en una guerra revolucionaria al pueblo, hay que redimirlo del feudalismo, del gran capitalismo y del imperialismo.
Cuando el pueblo da su sangre, en una guerra de liberación y luego rivaliza en heroísmo, la victoria es segura. No importa que, en principio, las fuerzas propias retrocedan. Lo que cuenta es que éstas se conserven para emplearlas en mejor oportunidad, a fin de recuperar luego el espacio perdido. Cuando los soviéticos fueron sorprendidos por los alemanes, el 22 de junio de 1940, sólo les quedaba un recurso frente a la Wehrmachr: ceder terreno y cansarlos hasta esperar un momento favorable de contraofensiva. He aquí lo que dijo -a este respecto- el mariscal soviético Sokolovsky – ante un grupo de jefes del EM durante el desarrollo de la “batalla de las fronteras”-, “los soviéticos somos todavía mucho más débiles que los alemanes. Nuestros efectivos son numéricamente inferiores, nuestro material es cualitativamente inferior al material alemán… Por tanto, un factor nos es favorable: el espacio. Hace falta utilizar este factor para castigar, fatigar y desgastar al enemigo, haciéndolo sufrir pérdidas de hombres y de material, para paralizarlo y disminuir así su potencial y su dinamismo”.
A propósito de la “defensa elástica” el mariscal Rokossovsky -considerando el Massena o el Clausewitz de los mariscales soviéticos- dijo, comentando la batalla de Stalingrado ante el EM soviético: “La fuerzas acorazadas de von Manstein, denominadas “motpilk” (puño de acero), fueron aniquiladas por la artillería del mariscal Voronov, colocada en la ríbera opuesta del Volga, fuera del alcance de los “motpulk”. Mientras la artillería de Voronov cumplía su cometido se imponía una estrategia defensiva, a fin de no prestarse a una batalla de aniquilamiento. Hacía falta ceder espacio para ganar tiempo, y para no comprometer rápidamente las reservas en formación. Es la estrategia defensiva, inicialmente, la que nos salvó en Stalingrado. Y es que ante la superioridad táctica de los alemanes nosotros debíamos buscar soluciones exclusivamente estratégicas”. Luego irónicamente, el mariscal Rovossovsky terminaba así su disertación: “Cuando Júpiter quiere perder a cualquiera comienza por privarle la razón”.
Si en las guerras, entre grandes potencias industriales, da resultado la estrategia defensiva, es indudable que ella será aun más eficiente para comenzar la lucha armada por el triunfo de los movimientos de liberación nacional de carácter antiimperialista: Indochina, Indonesia, Filipinas, China, Corea, Malasia, etc.
Las guerras, que se van a producir en la segunda mitad del siglo XX serán, predominantemente, de carácter antiimperialista o guerras civiles que plantearán la revolución socialista, en los países avanzados, y la revolución popular en los países subdesarrollados.

LAS GUERRAS FUTURAS

Todas las guerras que se produzcan, en lo futuro, serán eminentemente políticas. Por consiguiente, los Estados Mayores deberán ser político-militares. A este respecto, dice el mariscal soviético Vassilevsky: “Las masas proletarias deben sincronizar sus manifestaciones de clase con operaciones puramente militares, en las cuales participa el Ejército Rojo. Así el EM de este ejército debe ser compuesto de militares calificados y de miembros del Partido que ocupen los puestos más elevados. Y es en las manos de éstos, y no en las de los militares, donde deben estar las palancas de mando”.
El mariscal Bulganin, en su tesis:”Los problemas de la guerra y de la paz en la época del ultra-imperialismo” – planteando la guerra político-militar- dice: “Estando dados los enormes espacios sobre los cuales se desenvuelven las operaciones, es muy difícil encontrar una solución a la guerra por medios puramente militares. Los medios políticos -la propaganda-, se convierte, por tanto, en un arma tan eficaz como los cañones, los aviones y los carros.
“Estos medios políticos provocan la parálisis del ejército enemigo, disolviendo el valor combativo de sus soldados y aniquilando la autoridad de su EM, mediante el quebrantamiento de la disciplina y de la jerarquía”.
“Es, pues, evidente que la preparación de la guerra debe comprender -a lado de las medidas estrictamente militares, concernientes a la movilización de los efectivos, su transporte, su abastecimiento en municiones, su equipo moderno de aviones, carros, cañones auto-transportados y carburante necesario-, la organización de un sistema de propaganda política, cuya finalidad estriba en cimentar firmemente la unidad y la moral de los combatientes y de insuflarles la voluntad de batirse hasta la muerte”.
“Otro fin “constructivo” de la propaganda debe estribar, sobre todo, en un fin “destructivo”, en lo que concierne a los ejércitos enemigos: actuar sobre su moral por todos los medios, para descomponer su unidad interior y, sobre todo, destruir, en caso de coalición, la unidad de acción de los Estados Mayores”. La política soviética contra la C.D.E. Está destinada así a explotar las rivalidades y la desconfianza existente ya entre los aliados occidentales y, sobre todo, entre Alemania y Francia; luego será entre España y Francia, a propósito de Marruecos, y después entre unos países capitalistas occidentales contra los otros.
El mariscal Bulganin – concretando su tesis sobre la guerra político militar- añade: “los ejércitos que pierde su unidad interior y su solidaridad de acción son ejércitos anulados, bien que desde el punto de vista militar (armamento y efectivos), ellos representen todavía un cierto potencial”. A este respecto, el ejército francés de 1940 y el ejército italiano de 1943 revelaron una incapacidad manifiesta para defenderse y atacar, porque ambos estaban desarmados moralmente. Los soldados no creían en la guerra entre capitalistas, porque, en ella, siempre paga el pueblo el capital y los intereses que cuesta. Perfilando los contornos de guerra futura, el mariscal Bulganin, expresa: En una nueva guerra… “la derrita significaría la desaparición física del gobierno del país vencido y la instauración de otro régimen político, que representará a las capas sociales favorables a los intereses del vencedor”.
… “las grandes guerras precedentes han demostrado la existencia de una ley histórica: la de que el que tiene la superioridad en el mar gana la guerra. Actualmente, esta ley se ha hecho caduca. La posición de “dueño de los océanos” fue favorecida por la existencia sobre el continente europeo de dos potencias continentales, que se neutralizaban recíprocamente: Rusia y Alemania.
“Una guerra futura vería al continente europeo unido en torno a la URSS. EL dueño del mar, por tanto, perdería su situación privilegiada; de hecho, ya la ha perdido”.
Otro factor antiimperialista -según Balganin- lo constituye “la participación enminente de ciertos países semi-coloniales en la guerra, participación provocada por el deseo de acelerar su emancipación económica y de ocupar un lugar independiente, o autónomo en la economia mundial”.
En fin -según Bulganin- “la noción de nuetralidad no será ya lo que fue. La neutralidad militar será posible a ciertos países alejados (¿Hispanoamérica?) ; Pero la neutralidad economica será imposible de mantener. Los países “neutrales” serán incluídos automáticamente cuando terminen las hostilidades, en la armazón económica y en el régimen social del vencedor, exactamente como los países vencidos”. (De ahí la universalidad de un triunfo socialista). En consecuencia, del eventual choque entre el mundo capitalista y del mundo comunista puede surgir, dentro de poco tiempo, un nuevo mundo que hay que esperar se oriente hacía el socialismo.
Los días del capitalismo imperialista están contados en los años que quedan del siglo XX. Ahora corresponde a los revolucionarios asimilar la dialéctica de desintegración del imperialismo -en sus contradicciones económicas, socailes y jurídicas sin olvidar el conocimiento de la dialéctica de la guerra-, a fin de escoger oportunamente el momento histórico-político de eclosión de los movimientos de liberación nacional; y luego saber conducir las guerras de emancipación antiimperialsita que de ellos se deriven. Creemos haber logrado ese objetivo en este libro, que no dice ya solamente que “el imperialismo es la última etapa del capitalismo”, sino que añade y señala que ya estamos en “esa última etapa” de desintegración del imperialismo. En este sentido, creemos haber aportado una obra revolucionaria que hacía falta en la literatura marxista. Y si no nos engañamos en nuestras apreciaciones, “El imperialismo del Dólar”, será el mejor antídoto contra la expanción del “MacCarthismo”, el “burnhamnismo” y contra la “diplimación de la estrangulación” y la política subterránea internacional de los trusts de Wall Street que -hacía adentro- llevan su contrario: el socialismo y hacía afuera: el imperialismo. Por eso, en buena dialéctica, todas las posiciones que pierda el capitalismo yanqui, hacía afuera, le producirán una revolución social hacía adentro. De ahí que luchar contra el imperialismo y vencerlo constituía el camino más corto y seguro de la humanidad hacía el socialismo.

CONCLUSIÓN

La guerra – como dijo Clausewitz- procede siempre de una situación política y tiene como fin un objetivo político. Es, pues, en esencia un acto político; es la continuación de la política.
En síntesis, las leyes de la guerra son siempre las mismas, en el espacio y en el tiempo, aunque su aplicación varía, en las distintas etapas de la civilización. De ahí que la estrategia de ayer no sea válida mañana, cuando las circunstancias, las relaciones de clase y el progreso técnico modifican el arte militar.
La filosofía de la guerra se basa, esencialmente, en lograr la superioridad moral, numérica y material de un ejército contra otro; en sorprender al contrario; en el secreto y en la rapidez de las operaciones; en la necesidad de reunir las fuerzas en tiempo y espacio; en ser fuertes estratégicamente, cuando el enemigo lo es tácticamente y viceversa; en ser más fuerte que el enemigo en un punto decisivo; en la estrategia defensiva, cuando el adversario presiona ofensivamente, con superioridad de fuerzas y de fuego, hasta que llegue el momento de trastocamiento de la correlación de fuerzas en presencia; en contrarrestar los ataques a medida que éstos descubren sus puntos débiles o vulnerables y, en fin, en una dialéctica que permita ser fuertes en un punto del frente, cuando se es débil en la totalidad de éste. No debemos olvidar -como decía Engels- que el armamento, el reclutamiento, la organización, la táctica y al estrategia dependen, ante todo, de la forma de producción y del estado de las comunicaciones en un momento dado”.
La creación de las armas de fuego – si bien tuvo la virtud de modificar el arte de la guerra medieval- tuvo, además, el gran mérito de liquidar el poder de los señores feudales escudado tras de sus pesadas armaduras y de sus castillos-fortalezas.
“Las armas de fuego -expresa Engels- fueron, desde el principio, las armas de la ciudad y de la monarquía, que se desarrollaban y apoyaba en las ciudades contra la nobleza feudal. Las murallas de piedra de los castillos hasta entonces inabordable, caían al empuje de los cañones de los burgueses, al par que las balas de los arcabuces perforaban las corazas de los caballeros”.
La guerra moderna, por su amplitud de medios económicos movilizados, es ya insoportable para las economías nacionales. En este sentido, el militarismo, a medida que se expande por la enormidad de su costo financiero, echa las bases de su propia destrucción, pues la sociedad entera no puede soportar la orgía que supone la militarización de las economías nacionales.
Por tanto, toda guerra moderna lleva, en su vientre, la revolución proletaria. Y es que la guerra proviene de que las formas productivas, engendradas por la sociedad capitalista, han entrado en contradicción con las relaciones sociales existentes, por lo cual la revolución socialista es ya una necesidad, a fin de trastocar de raíz el aparato de producción y de distribución de la riqueza, constreñida por los intereses privados de las oligarquías dominantes.
La guerra moderna es un “affaire” entre los grupos nacionales de la burguesía imperialista y tiene por objeto -hoy como ayer- realizar una redistribución de las riquezas mundiales en beneficio de las grandes potencias y en perjuicio de las naciones débiles.
En consecuencia, luchar contra la guerra es luchar francamente contra ese nacionalismo estúpido que sacrifica las vidas de los obreros y de los campesinos en holocausto de las burguesías nacionales. Así, pues, para desterrar la guerra sobre el globo terráqueo, hay que arrebatarles el poder a la clase que dirige la guerra o que vive de ella, en su exclusivo beneficio.
Como señaló, justamente, Lenin: “si la guerra es una guerra imperialista reaccionaria, es decir, una guerra entre dos grupos mundiales de la burguesía reaccionaria imperialista, expoliadora, bandolera, toda burguesía (incluso de un pequeño país) se hace cómplice de la rapiña, y yo, representante del proletariado revolucionario, tengo el deber de preparar la revolución proletaria mundial cómo única salvación de los horrores de la guerra mundial. No debo razonar desde el punto de vista de “mi” país (porque esto es la manera de razonar de un filisteo nacionalista, desgraciado cretino) que no comprende que es un juguete en manos de la burguesía imperialista, sino desde el punto de vista de mi participación en la preparación, en la propaganda y en la aceleración de la revolución proletaria universal”.
En consecuencia, para acabar con la guerra imperialista, el proletariado tiene que hacer su propia guerra revolucionaria, suprimiendo, en cada país, a la burguesía como clase dominante. Esta guerra revolucionaria será la última de las guerras que, con su victoria, inaugurará, en el mundo, el reinado de la paz perpetua con la constitución sin clases antagónicas que supere al nacionalismo burgués.
Ahora bien – para que la victoria del proletariado sobre la burguesía sea efectiva y no en papel-, éste tiene que organizar su propio ejército, su propio Poder de clase, pues, sin “desorganización” del ejército capitalista no puede producirse ninguna clase de revolución. Como -Dijo Lenin- … “el ejército es el instrumento más consistente en que se apoya el viejo régimen, el escudo más sólido de la disciplina burguesa, para apoyar la dominación del capital, para mantener y formar la mansedumbre servil y la sumisión de los trabajadores ante esa dominación. En este sentido, la contrarrevolución nunca pudo tolerar que al lado del ejército existieran obreros armados”.
El desarme de las guerrillas europeas (FFI) en Francia y en otros países es prueba evidente de que la burguesía recupera su Poder a medida que les quita las armas de las manos a los trabajadores.
Por eso, el primer mandamiento de toda revolución triunfante -según Marx y Engels- estriba en deshacer el viejo ejército, disolviéndolo y reemplazándolo por uno nuevo. Una nueva clase no consolida su Poder, sino a condición de romper la vieja maquina del Estado que lo precedió. La revolución tiene que ser-lo de instituciones para evitar así las contrarrevoluciones y el retorno para siempre del antiguo régimen.

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