La Lucha Armada contra el Imperialismo [Parte 1]

Origen: Manual de guerra de guerrillas extraído del último capítulo del libro “Agonía del Imperialismo”, de Abraham guillén.
Digitalización: Leo Mera

ESQUEMA PARA LA ESTRATEGIA Y LA TÁCTICA POLÍTICO MILITAR DE LOS MOVIMIENTOS POPULARES DE LIBERACIÓN NACIONAL

– Inicio del Manual –

La lucha contra el imperialismo, en las guerras revolucionarias de liberación nacional requiere, para llegar a la victoria, el conocimiento de las leyes generales de la guerra, determinadas por el momento histórico y social en que vivimos, que tiene -como otros momentos históricos ya pasados- ,sus propias leyes estratégicas para la conducción acertada y eficiente de las guerras revolucionarias de nuestro tiempo, que han de dominar toda la segunda mitad del siglo XX, siglo de las revoluciones sociales de tipo nacional e internacional.

Las guerras de otras épocas eran libradas entre naciones y entre los imperios. En cambio, la guerra revolucionaria es la forma más elevada y violenta de la lucha de clases. Así, pues, las guerras -que se realicen en la segunda mitad del siglo XX-, tendrán un marcado carácter político entre naciones capitalistas y naciones comunistas y entre explotadores y explotados en el sena de cada nación capitalista. En este sentido, lo universal y lo particular de la revolución socialista no serán más que las partes de un todo que se resolverán en la revolución proletaria internacional.
Ahora, como en el pasado, toda guerra obedece a factores externos e internos que le son propios: estructura de clases, infraestructura económica y relaciones con el mundo exterior. Sin conocer, previamente, estos factores determinantes no es posible iniciar una guerra revolucionaria y, mucho menos aún, conducirla hasta su final victorioso frente a las fuerzas internas (burguesía y terratenientes) y ante las fuerzas externas (capital financiero extranjero). Ambas fuerzas constituirán un solo frente contra los movimientos de liberación nacional y los de carácter socialista.
Toda guerra tiene sus propias características que le son inherentes, y más aún tratándose de una guerra civil y a la vez de tipo antiimperialista. En consecuencia, la estrategia de la conducción de una guerra revolucionaria no debe ser nunca calcada sobre los viejos manuales militares de estrategia y táctica; puesto que dichos principios tácticos y estratégicos no corresponden ya a la realidad nacional de los movimientos de liberación antiimperialista, que implican la práctica de una estrategia político-militar, basada en el principio del “pueblo en armas”.
La Revolución Rusa de 1917 y la Revolución Española de 1936-39, tuvieron una estrategia de frentes continuos -cubiertos, relativamente, en extensión y en profundidad-, y ambas se inspiraron en los clásicos principios estratégicos europeos de decidir la suerte de la guerra en grandes batallas. En Rusia triunfó esa estrategia y esa táctica; en España fracasó, porque el territorio español se prestaba menos, geográficamente, a la guerra de maniobra de grandes ofensivas y retiradas, sin que ellas modificaran, decisivamente, el cuadro general estratégico de las operaciones, ya que los Soviets contaban con el General Espacio. En Hispanoamérica una guerra antiimperialista dispone de suficiente espacio para vencer, en su territorio, a una gran potencia.
En la Revolución China la estrategia militar de los comunistas se ha inspirado en la doctrina militar de frentes discontinuos, de campañas cortas, de retiradas elásticas y de “ofensivas rápidas de tipo avispa”, hasta que la correlación de fuerzas militares en presencia -en un momento determinado-, permitió al Estado Mayor del Ejército Rojo Chino desencadenar una ofensiva continuada a base de decidir la guerra en una sola campaña. La guerra de China ha sido una guerra antiimperialista y, a la vez, eminentemente popular, porque ella ha despertado la guerra social, que poco a poco, se convirtió en un movimiento político y militar de tal poderío, que fue capaz (después de muchos años de frente de guerrillas y de escapar de los cercos enemigos), de liquidar a las fuerzas reaccionarias internas y a las fuerzas económicas y militares externas que respaldaban a Chiang-Kai-Chek y al Koumintag.

LAS GUERRA DE LIBERACIÓN NACIONAL

Los ejércitos de liberación nacional -al iniciar la lucha contra el imperialismo, el capitalismo y el feudalismo indígena que le sirven-, deben inspirar su doctrina militar en una táctica maniobrera, en función siempre de una estrategia inspirada en la guerra revolucionaria, que tiene como condición esencial la “política del pueblo en armas”, pues sólo la estrategia del “pueblo en armas” hace que todo sea frente y nada retaguardia y que el invasor y las fuerzas reaccionarias internas se encuentren siempre en tierra enemiga. Por eso, las guerras de liberación nacional son difíciles de ganar por los generales del imperialismo.
Al iniciar una campaña de liberación, como es lógico, el Ejército de Liberación Nacional se encuentra en estado de inferioridad aplastante frente a las fuerzas imperialistas y a los ejércitos nacionales que las respaldan. Sin embargo, una estrategia correcta hará que la correlación de fuerzas militares propias y del enemigo se equilibren y hasta procure la superioridad de fuego y de fuerzas al bando más débil en determinado momento, circunstancias, punto de ataque y terreno apropiado para librar una batalla de aniquilamiento fulminante, en un sector del frente enemigo, que presente fisuras visibles, moral y materialmente.
Y es que contra la presencia de tropas imperialistas y de los ejércitos indígenas, vendidos al imperialismo la estrategia de los movimientos de liberación nacional debe partir, en principio, de la guerra de movimiento y de frentes discontinuo para lograr el cansancio del enemigo y luego su fraccionamiento. Hay que hacer una guerra que frecuentes emboscadas realizadas con ventajas topográficas, asegurándose la sorpresa y la potencia de fuego. Esta estrategia y esta táctica se base, hasta que las circunstancias lo aconsejen, en la práctica de una guerra de campañas cortas, rehuyendo sistemáticamente comprometer el ejército en una campa larga de aniquilamiento, que pueda conducir a una política militar catastrófica de perder o ganar la guerra en una sola batalla. Un general estratego nunca debe jugarse a cara o cruz sus fuerzas, porque ello evidenciaría su desconocimiento de las leyes que rigen la guerra.
Las guerras de liberación nacional sólo pueden llegar a feliz término practicando, indistintamente, la ofensiva relámpago y la defensiva elástica; una, para crear pequeñas bolsas de aniquilamiento de grupos del enemigo; y otra, para retirarse a tiempo, antes que la potencia de fuego y de fuerzas del enemigo comience a ser aplastante en la zona de las “ofensivas relámpago” desencadenas por las fuerzas propias.
Los frentes de liberación deben ser extremadamente móviles, poco rígidos y rápidos en sus propios movimientos: sólo así se podrá atacar y escapar a tiempo a un enemigo poderoso en fuego y en fuerzas, que se empeña a toda cosa, por ganar la guerra en una sola gran batalla de aniquilamiento.
El Ejército Popular de Liberación debe tener, como doctrinal esencial, al iniciar su campa, la práctica de una guerra de movimiento guerrillero; una guerra de los campesinos y de los obreros, de la clase media progresiva y de los sectores nacionales antiimperialistas. He ahí el plan estratégico de las guerras de liberación: el pueblo en armas. Tal es la característica dominante de la guerra político-militar y de la estrategia político-militar a emplear contra el imperialismo y sus secuaces vernáculos, a fin de merecer la victoria, mediante una ágil aplicación de la dialéctica de la guerra que resuelva las contradicciones político-militares propias y acentúe al par las del enemigo.
Cuando las guerras de liberación van avanzando en poderío económico y militar se acercan entonces los momentos en que la guerra guerrillera debe transformarse en una guerra de campañas ofensivas sobre frentes continuos, donde grandes unidades y regimientos adversarios habrán de ser aniquilados para decidir así la guerra por las armas. Esta etapa de la guerra de liberación debe coincidir con el debilitamiento económico y político de su retaguardia y con un estado psicológico antibelicista en las metrópolis imperialistas que financian y sostengan la “guerra coreizadas” que se produzcan en lo futuro.
En consecuencia, la estrategia de nuestro tiempo es eminentemente político-militar. Así, pues, tiene que tener, en todo momento, una visión global y dialéctica de los problemas de la guerra y de los principios estratégicos, políticos y militares que rigen las guerras modernas, principios que difieren esencialmente de los aplicados a la conducción de la guerra entre potencias imperialistas.
En las guerras politizadas de nuestro mundo, el enemigo siempre es vulnerable, cuando opera en territorio enemigo, ya que los generales adversarios quieren seguir sometiendo a la población obrera y campesina y a las clases liberales a la explotación feudal y capitalista interna y a la dominación externa del capital financiero. Por eso, los ejércitos imperialistas -en tierra enemiga- tienen que combatir sin reservas, sin retaguardia, sin moral y sin apoyo popular. En cambio si la política del PEL es justa, éste no puede ser nunca cercado ni aniquilado, porque toda su retaguardia es frente; porque su frente esta dentro de la retaguardia del enemigo; así el EPL -si es aniquilado parcialmente-, puede siempre resurgir como una Hidra de Lerna y resistir, ante una mala perspectiva internacional revolucionaria, practicando la defensa estratégica1.
La intervención extranjera rebaja la moral de los ejércitos nacionales enemigos y agudiza las contradicciones entre las tropas expedicionarias y las tropas nacionales enemigas, cuyos jefes, bien trabajados, pueden ser espías y auxiliares del EPL. En consecuencia, como se ha demostrado en la guerra de Corea y de Indochina, la empresa dólar no gana la guerra, ni con sus armamentos ni con sus montañas de dinero.
El EPL, si sigue desde que nace una línea política acertada, va creciendo paulatinamente, porque sus nuevas divisiones y cuerpos del ejército surgen del territorio enemigo, del paro obrero, de la miseria y de la explotación de los campesinos, de la liquidación económica de clase media con las políticas inflacionistas, de la injusticia social, de la ruina financiera nacional y de la venta de las vidas y de las haciendas nacionales al imperialismo, por parte de gobiernos satélites de Wall Street.
El pillaje, el aumento permanente de los impuestos, la falta de viviendas, la inflación, la corrupción de los funcionarios, la baja sistemática del poder adquisitivo de los salarios, el sacrificio de los granjeros y pequeños campesinos en aras de los intereses de la burguesía industrial y la política pro-imperialista de la burguesía (ligada al capital imperialista y el entreguismo de los feudales), crean las condicione óptimas para desencadenar, en momento oportuno, una guerra social de liberación nacional contra la aristocracia de la tierra, de la banca y de la industria y contra el imperialismo que estas castas representan traidoramente, en suelo nacional. En saber aislar y desprestigiar a los enemigos de dentro y en atraerse a los amigos y neutrales reside el secreto de la victoria en una guerra revolucionaria de liberación nacional.
En buena estrategia político-militar, el trabajo político y el trabajo militar han de ser sincronizados en las regiones donde actúe más activamente el EPL. En esa zona, todos los éxitos militares dependerán de los triunfos políticos previos, tendientes a crear un amplio movimiento político de liberación nacional: un Frente Nacional que agrupe a los campesinos, los obreros, los estudiantes, la clase media progresiva, la juventud antiimperialista y revolucionaria, los intelectuales, los artistas, los profesores, los periodistas, los industriales (ligado al mercado nacional y, por ello, antiimperialistas), los oficiales y los jefes progresivos del Ejército, y, en fin, el Frente Nacional debe movilizar todas las buenas voluntades en pro del resurgimiento nacional ante la reacción de dentro y la explotación financiera que viene de afuera, ambas causantes, en macabro maridaje, de la decadencia y la ruina de los países semi-coloniales.
En la lucha contra el imperialismo debe ser movilizados hasta los grupos religiosos que luchen por su propia convicción frente a otras concepciones religiosas que vengan de fuera (conflicto entre protestantes y los católicos) ello particularmente en Iberoamérica, donde la expansión del Norte es un peligro para la Iglesia Católica.
La lucha revolucionaria contra el imperialismo, para triunfar plenamente, tiene que revestir un carácter profundamente popular, genuinamente nacional y, por ello, debe exaltar todos los motivos patrióticos, las pasiones nacionales y las tradiciones patrióticas heredadas de otras guerras de liberación, que tuvieron lugar en el curso de la historia de una nación, o de un grupo de naciones hermanas, como las naciones de Hispanoamérica, que no son más que provincias decadentes de una que debiera ser ya gran nación y potencia: La Unión de Repúblicas Iberoamericanas, único frente capaz de resistir, con eficacia, a la penetración imperialista de los yanquis en Centro y Sudamérica.

EL ARTE DE HACER LA GUERRA

Sólo cuando el Estado nacional está en plena decadencia; cuando las clases explotadoras están llenas de lacras morales, de vicios y de ambiciones manifiestas; cuando los funcionarios, de toda índole, se corrompen; cuando el descontento popular se hace evidente; y cuando seguir con el “estado de cosas imperantes se hace ya para el pueblo insoportable”, es cuando la guerra de liberación nacional comienza a madurar, psicológica y políticamente, porque sus condiciones objetivas y subjetivas, es decir, dialécticas, están dadas en el espíritu popular y en las contradicciones jurídicas, sociales y económicas de una sociedad decadente y corrompida.
Ahora bien, al comenzar una guerra revolucionaria el ejército popular tiene pocas dimensiones militares, le falta agilidad, potencia de fuego, capacidad de maniobra; y quizás lo único con que cuente, en principio, es con entusiasmo y mucha moral en los cuadros de mando y en los soldados que suplen la falta de material bélico para aguantar con defensiva elástica los primeros choques frente a un ejército mejor armado.
Cuando el adversario es más fuerte que el EPL, la estrategia de éste ha de basarse en la movilidad, la utilización del terreno y en las maniobras rápidas para escapar así a los cercos repetidos que tiende el enemigo para destruir al EPL en una sola batalla. La estrategia del período crítico estriba en escapar a los cercos del enemigo; tal es el secreto del triunfo en las primeras batallas, y en la última que forma una continuidad concatenada con las primeras, como las partes que interdependen de un todo; así, pues, en el principio de una campaña está ya el fin y viceversa.
En la primera fase del EPL pudiera ocurrir que no se enfrenten ni siquiera un ejército contra otro, sino un puñado de guerrilleros contra un ejército; y un grupo de dirigientes políticos contra un Estado organizado. Ahora bien, el día en que el EPL defienda una región comenzará la lucha entre dos ejércitos y entre dos Estados; pero esta etapa no debe ser acelerada ni retardad. El éxito de la constitución de un Ejército y de un Estado revolucionario depende de la cantidad de fuerzas, de la importancia industrial y agrícola de la región ocupada, de su contorno geográfico que deberá ser muy montañoso y falto de comunicaciones (en China: la región de Yunan); en Hispanoamérica: (Bolívia, Ecuador, Colombia y otros “glacis”, donde no pueden llegar las escuadras y los ejércitos imperialistas). Hablamos , pues, de una guerra en campo abierto y no de un golpe de Estado audaz ejecutado por sorpresa en una gran ciudad, lo cual supone una estrategia completamente diferente2.
La segunda fase de la guerra comienza con la constitución de un ejército regular (seguido de la existencia de un movimiento guerrillero en territorio enemigo) y de la organización de un Estado. Durante esta fase, la ofensiva rápida y la defensiva elástica deben ser combinadas indistintamente, a fin de llevar al enemigo a un terreno y a unas campañas que él no elija ni determine.
La fase superior de la guerra alcanza su punto culminante cuando el movimiento guerrilleros e ha integrado en el ejército de grandes unidades para librar batallas de aniquilamiento del enemigo. Cuando empiezan las grandes batallas -y en ellas pierde el enemigo lo mejor de sus unidades y grandes cantidades de material y enormes extensiones de terreno-, debe practicarse una guerra a base de lograr la superioridad en hombres y en material; puesto que, en cada derrota del enemigo, el EPL, se habrá abastecido con el botín capturado de armas de toda clase. Durante la campaña final de la guerra, las batallas de aniquilamiento constituirán la mejor intendencia para el ejército propio por la cantidad de botín que ellas proporcionarán al EPL.
En la primera fase de las guerra de liberación – durante algún tiempo- “la intendencia la tiene el enemigo”; y por tanto hay que saber atacarlo para abastecerse a costa de sacrificar pocos hombres. EN esta fase y en la segunda, el EPL no debe dejarse llevar del aventurismo de los jefes revolucionarios que pecan de extremismo infantil o de derechismo anacrónico. Los ataques por sorpresa (así como su duración) deben ser precalculados racionalmente a fin de retirarse a su debido tiempo; pues de lo contrario una magnífica victoria podría convertirse en una gran derrota o a lo sumo en una victoria pírrica.
En consecuencia, la dirección de la guerra global debe estar en manos de un Partido de Liberación y de militantes leales e identificados con los objetivos políticos de ese partido, tanto en el aspecto social como en el económico y en el militar. Por tanto, la guerra global debe ser dirigida por un ‘E.M. Político Militar’ (estrategia); en cambio la guerra local (táctica) tiene que ser planificada por el E.M.; aunque dejando un amplio margen de autonomía a los jefes militares de pequeñas y grandes unidades para que éstos, en todo momento, se adapten a su situación táctica, sobre todo, en la primera fase de la guerra de liberación: guerra guerrillera y de frentes discontinuos.

LA DIALÉCTICA DE LA GUERRA

Un ejército esta compuesto por partes que integran un todo. Alguna de esas partes pueden ser destruidas en el curso de algunas campañas, pero si se sabe hacer la guerra estratégicamente, el ejército nunca será aislado para ser aniquilado. Por tanto, la filosofía de la guerra aconseja no entrar nunca en una batalla problemática: hay que dar una batalla decisiva o en una operación cuando se está seguro del triunfo, mediante un conocimiento de la dialéctica de la guerra. Del mismo, modo no debe desencadenarse una insurrección armada contra el Estado burgués, o semi-feudal, si no están dadas las condiciones revolucionarias objetivas y subjetivas; es decir, si no opera todavía a favor del movimiento revolucionario la contradicción principal y la mayor parte de las secundarias en presencia.
Mientras un ejército revolucionario no es poderoso, por su cantidad de tropas y su material de guerra, su estrategia estriba en realizar operaciones ofensivas y defensivas que proporcionen, diariamente, pequeñas victorias propias y pequeñas derrotas al enemigo. Esta estrategia debe practicarse, rigurosamente, hasta que la correlación de fuerzas en presencia sea favorable al Ejercito Popular de Liberación. Durante la primera fase de la guerra revolucionaria hay que evitar ser blanco de las armas pesadas enemigas, y para eso, no hay que quedarse de objetivo militar, pegándose al terreno. Contra la táctica del enemigo, que quiere aniquilar al EPL en una sola batalla, hay que recurrir a la estrategia de combatir en muchas y pequeñas batallas, que debe perder el enemigo hasta cansarse y desmoralizarse.
Debe evitarse, por todos los medios, lograr éxitos tácticos que constituyan, a la larga, derrotas estratégicas. Por ejemplo la operación la operación de los aliados en Narvik contra el ejército alemán significó, en principio un excelente éxito táctico; pero, estratégicamente, implicó una derrota, pues los aliados no pudieron consolidar sus posiciones ni organizar ni conservar el terreno frente a las divisiones alemanas. En consecuencia, la operación Narvik fue una derrota.
La operación Teruel – desencadenada por los republicanos contra los franquistas – fue, inicialmente, un triunfo táctico; pero, posteriormente, se convirtió en una derrota estratégica de gran significación, ya que los franquistas, en su contraofensiva, cortaron el territorio republicano en dos frentes: el Centro-Sur y el Cataluña-Aragón. Y es que en una guerra política, no todo se decide por las armas, precipitadamente, al modo de las ofensivas sistemáticas de los países imperialistas.
Las tropas y el material gastados por los republicanos españoles en la ofensiva de Teruel y en la batalla de Ebro, los dejaron agotados y, por tanto, a merced del enemigo, que pudo así ganar la última batalla, por extenuación del adversario. El error estratégico de estas dos operaciones estriba en que los republicanos no debían acelerar la terminación de la guerra decidiéndola por las armas; pues importaba, ganar tiempo, hasta que Europa tuviera que entrar en la segunda guerra general, a fin de que los republicanos constataran a su favor con la contradicción democracias-países totalitarios.
Para ganar tiempo, en España, la estrategia imponía la doctrina de la economía de fuerzas, incluso recorriendo, si preciso hubiera sido, a la creación de un frente discontinuo de grandes y pequeñas unidades guerrilleras. En este sentido, la guerra no puede ganarse hasta que no maduran las condiciones internas y externas que le son inherentes: aspectos económicos, diplomáticos, sociales y políticos que sean contrarios al triunfo del adversario y favorables a la causa propia.
La ofensiva cerrada y brutal de von Manstein para conquistar Stalingrado, a pesar de su potencia de fuego y de fuerzas, le llevó a colocarse como objetivo militar de la artillería del mariscal soviético Voronov que aniquiló los blindados alemanes, colocando 4.000 cañones en 3.500 metros de frente. Los grupos artilleros del mariscal Voronov superaron “la táctica de Guderian”; los alemanes no sólo fueron frenados, sino aniquilados en el corredor Volga-Don. En Stalingrado, los alemanes perdieron más de 2000 blindados y cerca de 500.000 hombres. El mariscal Malinovsky – gracias al ejército artillero de voronov-, pudo vencer a von Paulus y a von Mantesin-, que fue el mejor de los generales alemanes. Luego – en la batalla de Kursk-Bielgorod- el mariscal Koniev, contando con los germanos y otro medio millón de soldados alemanes. La precipitación del Führer, por querer ganar la guerra, le propinó sus grandes derrotas en los frentes del Este y del Oeste: pues ni la economía ni las madres alemanas podían reponer, de la noche a la mañana, ni la sangre ni el material consumidos en Stalingrado y en Kursk-Bielgorod. Así, pues, los rusos ganaron la guerra: perimero cediendo terreno (táctica del mariscal Sokolovsky) y luego recuperándola (táctica de Koniev y Zhukov).
Entre naciones de gran poderío industrial cabe la estrategia de la ofensiva sostenida o de la “guerra relámpago” a base de librar grandes batallas; pero entre una nación subdesarrollada y una nación industrializada, la guerra tiene que tener una estrategia diferente entre los países imperialistas.

Un país débil, que lucha contra otro fuerte, debe hacer una guerra maniobrera, con armas y unidades ligueras de gran capacidad de fuego y movilidad. Las ofensivas del EPL han de hacerse después que el servicio de información, en campo enemigo, indique, con precisión rigurosa, las zonas más vulnerables, aisladas, dispersas y confiadas del adversario. Hay que operar, en principio, contra tropas provistas de artillería anticarro para apoderarse de esas armas y emplearlas luego, con ventaja, contra el enemigo; pues contando con “bazookas”, con minas plásticas anticarro y con artillería sobre un ejército mecanizado, como el ejército norteamericano. La guerra de Corea es una buena prueba de esta táctica que permite batirse ventajosamente frente a un enemigo más poderoso que el ejército propio en material de guerra; pero que en su propia pesadez le impide moverse ágilmente por sobre el terreno.
Para maniobrar sobre el terreno, las tropas propias deben marchar con una impedimenta liguera, mientras que el enemigo (como es el caso de los yanquis), se paraliza por sus pesados problemas de logística. Cuando se opera contra un ejercito pesado el logro de una sola victoria resuelve, por algún tiempo, los abastecimientos de alimentos, armas y otros problemas de la intendencia militar y civil.. En este sentido, la industria de guerra y la intendencia del EPL la tiene, en principio, el enemigo. Esta verdad condiciona los éxitos de las primeras operaciones del EPL: olvidarla es crearse contradicciones económicas y estratégicas insolubles, en campo propio.
En la guerra, en buena estrategia, hay que resolver los aspectos particulares de los distintos frentes, teniendo siempre en cuenta una visión de conjunto en las operaciones: pero, sobre todo, como preparación moral, el EPL, a de comer poco y marchar mucho; ahorrar municiones y comida; dominar el hambre, como la mejor arma secreta a esgrimir contra el enemigo rico y poderoso.
La resolución de los problemas estratégicos y tácticos – que se presentan en una campaña de liberación anti-imperialista- requiere, en síntesis, tener en cuenta estos principios de la guerra revolucionaria:
Oponerse al espíritu de aventura tendiente a realizar operaciones ofensivas impremeditadas, a la estatización y la pasividad en toda línea de los frentes: pues ello conduce a la derrota.
Desechar la estrategia de decisión rápida de la guerra, oponiéndose a las campañas largas; y recomendar al Estado Mayor la práctica de una guerra prolongada, en cuyo desarrollo debe haber muchas campañas cortas a decisión rápidas.
Practicar una guerra de frentes móviles: nunca de posición o en frentes estables y continuos, particularmente durante la primera y la segunda fase de la guerra revolucionaria.
No enfrascarse en una estrategia dual con ataques en dos direcciones, sino una acción y una dirección única: pues “el que corre dos liebres a la vez no suele cazar ninguna”.
La doble ofensiva ofensiva germana contra Moscú y la Ukrania fue quizá el mayor factor de derrota que pesó en la campaña alemana de Rusia.
En la época de los ejércitos guerrilleros de liberación y en la fase de liberación de ciertas regiones de un país, las retaguardias deben ser muy ligueras; pues ello facilita la ofensiva y la defensiva indistintamente.
Centralizar en el Estado Mayor la decisión estratégica dejando a los mandos de pequeñas y grandes unidades, gran autonomía, para que se adapten, en todo momento, a la situación táctica más conveniente para su economía de sus fuerzas y para el logro de los objetivos inmediatos y posmediatos.
El EPL debe constituir un permanente medio de propaganda y organización política, en las regiones donde resida o por donde pase. Para ello debe ayudar a los campesinos, obreros y a todos los patriotas honrados a castigar, implacablemente, las manifestaciones de militarismo despótico de sus propias filas y a exterminar todo brote militar que tome forma de bandas errantes del EPL.
El EPL ha de castigar el bandidismo propio y ajeno: practicar una estricta y necesaria disciplina militar, sin que ello de lugar a erigir mandos que se conviertan en señores de guerra, en caudillos y en caciques, tanto en el EPL como en la política.
El EPL debe ser democrático y predicar con el ejemplo, para ir ampliando sus filas: repartiendo la justicia, acabando con los señores feudales y con las burguesía vendidas al imperialismo y liberando a los obreros, a los campesinos y al pueblo progresivo.
Los cuadros del EPL tienen que ser flexibles: preparados políticamente; poco sectarios; sagaces dialécticos, en política y en la guerra.
El Partido que dirija un movimiento de liberación ha de procurarse aliados en las clases sociales progresistas; pues el uso y abuso de terror pueden conducir a una psicología de abatimiento en la retaguardia y en los cuadros del movimiento de Liberación.
El EPL ha de progresar, día a día, aumentando siempre sus efectivos, corregir sus errores y cosechar siempre nuevas enseñanzas. Los cuadros militares han de esforzarse por salir del nivel primitivo pasando, continuamente, a nivel, táctico y estratégico superiores para llegar así a una compresión racional de la política de guerra y de la dialéctica de la guerra que dejen poco al azar en la preparación de las operaciones militares.
En la guerra hay que tener siempre en cuenta la interacción entre fuerzas propias y las enemigas; entre las operaciones y las campañas; entre el reposo y el ataque (concentración, dispersión, ataque, defensa, avance, retirada, ataque principal y ataque de dispersión, etc.). Hay que hacer la guerra coordinando las operaciones que cubren todo (ejército regular) y las operaciones descentralizadas (ejército guerrillero, operando en zona enemiga); hay que sincronizar la guerra de posición y la de movimiento; la de decisión rápida y la de entretenimiento; hay que armonizar la acción entre las grandes unidades y las pequeñas; entre los cuadros de mando y las tropas; entre las regiones propias y las enemigas; entre las zonas que fueron propias y ya no lo son o entre las regiones fronterizas y marítimas con el interior; hay que utilizar militarmente – a su debido tiempo – las regiones frías y calurosas: en la lucha contra el enemigo: pues es una guerra político-militar ello es fundamental para el logro de la victoria; hay que estudiar ordenadamente las tareas cumplidas dialécticamente, para no adelantarse ni retrasarse en la consecución de los objetivos principales y secundarios en un combate o una batalla.

LA POLÍTICA Y LA ECONOMÍA DE GUERRA

Al iniciar una insurrección, que luego ha de transformarse en guerra, hay que tener, previamente, muy en cuenta la consecución de los primeros objetivos militares, políticos y económicos que facilitarán, posteriormente, la victoria, ahorrando vidas en el mínimo esfuerzo militar.
Todas las revoluciones triunfantes surgieron de la creación de una psicología de protesta y de rebeldía general dirigida contra los gobiernos y las clases dominantes de cada época.
La victoria -los primeros triunfos- nunca se consiguen yendo a la consecución de los objetivos más dificiles de alcanzar en vez de ir a los más importantes y fáciles de lograr para inclinar la balanza de la victoria de parte del pueblo. Así, por ejemplo, mientras el pueblo parisién atacó el Palacio de las Tullerías sufrió descalabros sangrientos, ya que se lanzaban inerme contra las puertas blindadas del Palacio Real guardas por los soldados suizos. Luego cuando el pueblo tomó la fortaleza de La Bastilla, es porque antes había asaltado el cuartel de los Inválidos que era el mayor parque de artillería y de fusilería de Paris. Con esas armas, el pueblo venció en la Bastilla y luego en el Palais Royal. En consecuencia, es equivocada toda acción insurrecional de masas, que va al asalto de las Casas de Gobierno, cuando los verdaderos objetivos revolucionarios son, previamente, los Parques de Artillería (armas) y las Radios (propaganda política de la Revolución). Sólo cuando un pueblo arma sus ideas es invencible. Por eso, la técnica del golpe de Estado no comienza por los ministerios, sino por la conquista de las armas para el pueblo, en los arsenales y en los cuarteles3.
Antes de desencadenar una insurrección hay que utilizar todos los medios posibles para armarse (contrabando de fronteras, compraras de armas ligeras en el mercado nacional y trabajo político intensivo entre los mineros que trabajan con la dinamita), a fin de disponer de los perimeros elementos de asalto al poder. Por ejemplo, vistiendo a civiles con uniformes militares, ello facilita la entrada en cuarteles y parques de artillería. De otra parte, la juventud revolucionaria debe de ser coordinada luego en los cuarteles, por los comités provinciales y nacionales de defensa. No debemos olvidar que el poder la reacción es un poder de organización. Sólo superándolo y desintegrando el edificio que lo sustenta éste se vendrá abajo, con el mínimo esfuerzo. Todo es cuestión de trabajar bien políticamente. La acción será acertada, si el pensamiento que la precede es dialécticamente justo.
Así, por ejemplo, el triunfo del pueblo español el 18 de julio de 1946 se debió a que éste, previamente, asaltó los cuarteles para armarse; sus primeras victorias fueron fulminantes, aplastantes; pero como el pueblo carecía de dirigentes que tuvieran visión dialéctica de la revolución perdió luego la guerra, porque a ningún partido se le ocurrió organizar racionalmente la economía, la política y, sobre todo, explotar, inicialmente, los primeros auxilios militares para no dejar así organizarse al enemigo que estaba, prácticamente vencido. Los obreros de Madrid y Barcelona y en general los campesinos carecían de experiencia militar; se dedicaron a hacer la guerra esporádicamente; ello los condujo a cosechar las primeras derrotas y a un estado psicológico de pérdida progresiva de la moral del Ejército Popular que vio levantarse delante de él un ejército armado y más ágil en la aplicación de los principios tácticos y estratégicos.
Por tanto, para ganar una guerra hace falta cosechar menos derrotas que el enemigo y más victorias; hay que tener una clara noción de estrategia; pues la táctica viene sola en el transcurso de las campañas. Por eso, es disculpable equivocarse tácticamente, pero hay que evitar errores estratégicos en la conducción de una guerra pues, desde que se inicia, sus primeras operaciones deben estar concatenadas con las últimas. La guerra, con sus enseñanzas duras y sangrientas, es la mejor escuela de Estado Mayor en materia de estrategia y táctica. Así, pues no debemos dejar “a posteriori” lo que ha de ser previsto estratégicamente en el curso de las primeras operaciones, que ya implican en si partes de las últimas, en buena dialéctica de la guerra.
Durante la primera fase de la guerra, los jefes políticos y militares deben tomar las disposiciones necesarias para que sean utilizadas todas las posibilidades militares y económicas, tendientes a crear una economía bélica y una psicología de guerra inspirada en una moral combativa inquebrantable. A tal efecto, entre otras, deben tomarse las siguientes previsiones tácticas y estratégicas.
Requisar las necesarias herramientas de trabajo que puedan aportar medios para la formación de un cuerpo de fortificaciones y rudimentaria ingeniera militar.
Utilizar las comunicaciones para formar un cuerpo civil y militar de transmisiones.
Requisar los medios de transporte necesarios para organizar la intendencia del ejército, el municionamiento y el transporte de tropas (Cuerpo de Tren)
Hacer de los conductores de tractores los futuros tanquistas.
Planificar los recursos económicos, a fin de que sea establecido el racionamiento y se asegure así la creación de un cuerpo de intendencia militar y un Comisariado Civil de Abastecimiento.
Utilizar todos los talleres y fábricas dedicadas a la metalurgia y a la química industrial, para procurarse medios de combate propios (municiones, armas, etc.)
Hasta las fraguas de las haciendas y las de los pueblos pueden ser utilizadas como indutria de guerra de emergencia.
Movilizar a los médicos, practicantes y enfermeras para contar con un servicio de sanidad militar, en la retaguardia y en el frente.
Hacer de los estudiantes de ciencia y de ingeniera, los oficiales de artillería y de servicios especiales del E.M. Así como los del cuerpo de cartografía militar y de otros cuerpos técnicos del EPL.
En suma, todas las posibilidades de una región tienen que ser planificadas, racionalmente, para crear una economía bélica y un espíritu de guerra, a fin de aguantar, con seguridad y fe en el triunfo, los primeros choques con el enemigo, choques éstos que son los más difíciles de soportar y superar.
En países, como los hispanoamericanos, una guerra global de liberación antiimperialista plantea operaciones sobre un espacio, que habla el mismo idioma y tiene un desarrollo desigual, de región a región y de nación a nación, ello tanto en el aspecto cultural como en el industrial y en la red de vías de comunicación. En algunas de estas regiones se podrá combatir, con ventaja, como tropas guerrilleras, mientras que en toras se requerirán tropas compactas y regulares, sobre todo, en operaciones de llanura donde el terreno no se presta a la guerrilla como la montaña.
En la mayor parte de los países hispanoamericanos coexisten, de un lado, una economía capitalista, tradicionalmente frágil y rudimentaria y, del otro, un régimen predominantemente feudal o semi-feudal, en el campo. Muchas naciones hispanoamericanas tienen aún forma o apariencia de Estados semi-feudales. En muchos países centro y sudamericanos la composición de la población trabajadora esta integrada por más campesinos que obreros. Así, pues, en ciertas regiones, la revolución deberá adquirir un marcado carácter de revolución agrícola, mientras que en otras tendrá que revestir un carácter más proletario, más socialista, menos rural, ya que la contradicción social predominante existirá entre la burguesía declinante y un movimiento proletario ascendente.
En las regiones semi-feudales, el gobierno central es débil y fácil de abatir; pero, en el campo, los señores, aunque son minoría, son fuertes apoyados en lo gobernadores, en esta especie de condes medievales que imperan en las provincias hispanoamericanas. Para liquidar a los señores de la tierra como clase, hay que entregárselas a los campesinos. Sin embargo, para ello, habría previamente, que liquidar el poder de los gobernadores o de las fuerzas locales represivas; luego todo lo demás será fácil. También deberá intentarse ganar adeptos en las fuerzas de represión como política de división de las fuerzas armadas contra-revolucionarias.
En una guerra por la liberación antiimperialista de Hispanoamérica, la lucha debe adquirir contornos similares a los de la guerra de liberación China: primero liberar una región; luego paulatinamente las otras, a medida que el imperialismo, el feudalismo y el capitalismo vernáculo se vayan debilitando. En principio, la región partirá el movimiento de liberación, cuando el imperialismo tenga las manos atadas en otros frentes internacionales; entretanto la zona de montaña impedirá operaciones enemigas de grandes unidades provistas de material pesado; puesto que es más inmune que la llanura a los grandes bombardeos aéreos.
En suma, la guerra en escala continental, por ejemplo, Hispanoamérica debe ajustarse al desigual desenvolvimiento político y económico existente de país en país, no olvidando por consiguiente que, en principio, el imperialismo controla las comunicaciones, las posiciones económicas claves y la industria de América del Centro y América del Sur, medios que habrá que arrebatarles en el curso de varias campañas consecutivas: unas después de otras y no todas a la vez.

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